Cuando el arte hace publicidad... la originalidad no es algo nuevo.

Este es un buen ejemplo de cómo muchas marcas recurren al arte con la intención de otorgar a sus productos prestigio y determinadas cualidades asociados a las obras de arte que emplean.

¿Quién mejor que David y Venus? A pesar de que estas dos obras son obligadamente conocidas, esta publicidad no está dedicada a cualquiera. No creo que, como en el caso del Van Gogh saabista, pretenda que el consumidor se identifique con el propio personaje, sino que el producto lo haga con lo que la obra representa en sí: calidad, prestigio y, cómo no, fama.

Esta vez, en lugar de emplear a Isabel Preysler o a Paloma Cuevas (a las que se le asocian los mismos valores), optaron por algo más ocurrente y cómico (¿a quién no se le ha venido una sonrisa a los labios cuando han visto al David de Miguel Ángel con un bombón en la boca?). Pero es mucho más cómico imaginar la situación en la que  se come el bombón: después de matar al gigante Goliat y de haberle cortado la cabeza, suponemos que con gran esfuerzo, se muestra orgulloso de la gran hazaña de la que acaba de ser protagonista y, para celebrarlo, se come un bombón, descuidando su esbelta figura.

O la historia de Venus que, nada más haber nacido y todavía desnuda, lo primero que hace en su vida es comerse un bombón.

¿Gente de sociedad o arte en publicidad?

 

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